Romántica entre algunas, Praga es, en invierno, bella, callada, imponente...
Construida perfecta y armoniosa bajo la atenta mirada del río Moldova, Praga renace de su pasado, hechizando al foráneo con su silueta, dibujada por sus baluartes, el castillo y su conjunto arquitectónico y el puente de Carlos, símbolos inequívocos de la pasada grandeza de Bohemia.
La ciudad gobernada por sus fachadas, torres y cúpulas se descubre poética, mística, elegante. Paseos por el Moldova, ascensos a sus torres, la iglesia de San Nicolás y el Clementinum, Praga se descubre, enigmática y confidente de nuestros recuerdos y nostalgias.
Praga es idónea para recorrer a pie, siempre que se elija un alojamiento en los barrios de Mala Strana o Ciudad Vieja. Entre los más privilegiados por su situación, en el bario de Mala Strana y muy cerca del puente de Carlos, se encuentra el hotel Mandarin Oriental, enclavado en un antiguo convento dominico del S.XIV, que puede presumir de su ambiente refinado y lujoso, y en el que uno puede gozar de su spa, situado en la antigua capilla del convento.
La gastronomía checa está muy presente en las cervecerías. En Mala Strana, cerca de la famosa Iglesia de San Nicolas, se encuentra Barácnická Rychta, una verdadera institución, en la que es obligado probar el koleno y la cerveza Svijany.
Para degustar la gastronomía tradicional checa, muy recomendable el restaurante U Modré Kachnicky, también en el barrio de Mala Strana, en un local vintage y art decó. Sus especialidades son el pato y las sabrosas sopas checas.






